Periquillo ya nada tiene de pícaro. Perdido el rasgo del relato autobiográfico en primera persona, el narrador nos presenta al protagonista, como un personaje carente de genealogía vil.
Periquillo ya nada tiene de pícaro. Perdido el rasgo del relato autobiográfico en primera persona, el narrador nos presenta al protagonista, como un personaje carente de genealogía vil. Solo sabemos de él que sus padres eran pobres y que lo han abandonado con una nota frente a una iglesia, lugar donde es encontrado por una pareja de bondadosos esposos, los cuales, privados de hijos biológicos, deciden adoptarlo y lo crían en medio de la ternura y la virtud más encomiables. Muertos tempranamente estos padres adoptivos, Pedro se ve enfrentado al mundo real, el del mundo cortesano de Madrid, ciudad que no por casualidad fue llamada por algunos autores la Babilonia de esos tiempos. La vida de Pedro se convierte, así, en un continuo peregrinar por las casas, calles y ambientes del Madrid de la Corte, donde lo que priva es el interés, el engaño y las apariencias y la única actitud posible es la del desengaño. Es un mundo que está en las antípodas de la sensibilidad de Periquillo, cuya vida honesta y virtuosa se transforma en un continuo denunciar y desenmascarar la bajeza de los innumerables personajes que pueblan este universo. Con el paso de las páginas, Periquillo se va a convertir en un mártir de sus valores y convicciones, que no son otros que la verdad, la honestidad y la humildad del buen cristiano. La incomodidad que siente en ese mundo corrupto en que le toca vivir y la continua incomprensión de que es objeto acabará finalmente llevando sus huesos a la tumba.