Junto a la mirada de Juana Inés, recorremos la ciudad verdadera, una plancha con cubos idénticos en cada esquina, donde árboles, arcoiris, jardineras, mascotas, incluso bebés ojiazules y sonrosados, formaban parte de la virtualidad…
Junto a la mirada de Juana Inés, recorremos la ciudad verdadera, una plancha con cubos idénticos en cada esquina, donde árboles, arcoiris, jardineras, mascotas, incluso bebés ojiazules y sonrosados, formaban parte de la virtualidad abolida: “no había edificios incendiándose, tampoco cuerpos mutilados ni sangre ni cadáveres. No había nada. Nada. Una ciudad bombardeada hubiera sido preferible a Nada. Por lo menos quedarían trozos de vida, de historia, de realidad y de verdad”.