Dick Greening frisaba en los sesenta años cuando realizó el hallazgo que lo sacó de la restringida atención de los patrulleros fluviales y de los arqueólogos, para transformarlo en centro de atención nacional.
Dick Greening frisaba en los sesenta años cuando realizó el hallazgo que lo sacó de la restringida atención de los patrulleros fluviales y de los arqueólogos, para transformarlo en centro de atención nacional. Las perezosas mareas arrojaban toda clase de residuos que temblaban indecisos allí donde las aguas lamían las orillas: pedazos de madera, cáscaras de huevos, manzanas y naranjas a medio comer, a veces hasta cadáveres, tal vez de un pato… tal vez de un ser humano… —¡Buenos días Sarnt! Encontré algo para ustedes, tal vez. —¿Sí…? —La cabeza de un tipo…