EL sol caía a plomo sobre las áridas y resecas tierras de Kentucky. Los tostados cactos pardeaban confundiéndose con el suelo. Seis corceles hollaban la requemada tierra alzando tras de sí una nube de polvo. Los jinetes no hablaban.
EL sol caía a plomo sobre las áridas y resecas tierras de Kentucky. Los tostados cactos pardeaban confundiéndose con el suelo. Seis corceles hollaban la requemada tierra alzando tras de sí una nube de polvo. Los jinetes no hablaban. Aferrados al pomo de las sillas, lacios los músculos, con el sombrero echado sobre los ojos para mejor protegerse del sol, avanzaban achicharrados por el calor, molestos por la neblina terrosa que levantaban los cascos de sus caballos y angustiados porque se acercaba el momento del que quizá alguno de ellos no podría hablar.