LOS jinetes se pararon delante de la casa, tirando fuertemente de las riendas de sus caballos. Eran seis, pero solo dos de ellos se habían adelantado y parecían ser los jefes.
LOS jinetes se pararon delante de la casa, tirando fuertemente de las riendas de sus caballos. Eran seis, pero solo dos de ellos se habían adelantado y parecían ser los jefes. Después de abandonar la piel de oveja que estaba curtiendo, sobre el banco de madera, Peter Gaynor se acercó a los forasteros. —¡Hola! —exclamó, con una sonrisa en los labios.