
En los años setenta nació en Cali uno de los cine-clubes de mayor importancia, no sólo por su trabajo sistemático y develador, sino por la obsesiva fascinación fanática que envolvía a todos sus miembros.
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En los años setenta nació en Cali uno de los cine-clubes de mayor importancia, no sólo por su trabajo sistemático y develador, sino por la obsesiva fascinación fanática que envolvía a todos sus miembros. El cine-club de Cali fue fundado por un jovencito de aire lewisiano y gruesas gafas llamado Andrés Caicedo, nacido el 29 de septiembre de 1951 y muerto, por sus propios medios, el 4 de marzo de 1977. Durante sus veinticinco años, Andrés no pasó un solo minuto de su vida sin dejar de pensar en el cine. A los catorce años escribió y dirigió sus propias piezas de teatro, tratando de exorcizar un fantasma que desde muy temprana edad comenzó a devorárselo sin tregua. El cine comenzó a dominarlo. Se encerró en la oscuridad de los teatros con una obstinación progresiva y su curiosidad lo llevó a tratar de conocer todos los misterios que dichas imágenes le escondían. Por esta razón, a partir de 1969, comenzó a escribir comentarios sobre cine. Estos artículos, publicados con diversa periodicidad en los diarios locales y capitalinos, dejaron ver un conocimiento impresionante por la vida y la obra de los forjadores de la carreta cinematográfica. Y, al igual que con sus cuentos y novelas, la pasión y la desmesura lo llevaron a acumular toda la información posible hasta convertirlo, con el tiempo, en un cinefágo incondicional. Luis Ospina y Sandro Romero han hecho una selección del enorme material que Andrés Caicedo dejó escrito para ofrecer una muestra sustancial y amplia de su talento crítico.