LA correspondencia, al parecer, era la de siempre: facturas de las grandes tiendas de la Quinta Avenida, que Trudy debía haber pagado a su debido tiempo; una carta de Berlín, recibida vía Suiza y abierta por la censura británica; un…
LA correspondencia, al parecer, era la de siempre: facturas de las grandes tiendas de la Quinta Avenida, que Trudy debía haber pagado a su debido tiempo; una carta de Berlín, recibida vía Suiza y abierta por la censura británica; un escrito de un compañero de colegio, que desde que habíamos salido de New Haven insistía con obstinación para que me asegurara la vida.