No conviene adentrarse mucho en Nitro Mountain, ni cogerle demasiado cariño a nada. La compañía minera lio el petate y se largó con viento fresco, dejándolo todo manga por hombro.
No conviene adentrarse mucho en Nitro Mountain, ni cogerle demasiado cariño a nada. La compañía minera lio el petate y se largó con viento fresco, dejándolo todo manga por hombro. La tierra, abusada y devastada, infestada de túneles con cargas de dinamita aún por detonar, amenaza con volar por los aires en cualquier momento. Los paisanos de Bordon, Virginia, coexisten en ese desamparo. Consciente o inconscientemente, han recibido el funesto legado de lo que padeció la tierra. Un legado de violencia. Moteles astrosos, honky-tonks abyectos, alambiques ilegales y laboratorios de meta ocultos en la maleza. Ratas de bar, gente emboscada en la última trinchera de la dignidad y la decencia. Gente desesperada, con el corazón roto y nitroglicerina en las venas. El forraje perfecto para el tipo de canción country que compone la banda sonora de un mundo mermado por la codicia, donde la venganza llega a ser una forma de arte y en el que cada cual trata, a su manera, de sobrevivir. Leon, bajista curtido en los bares de bluegrass , tendría que haber sabido, siquiera por las viejas canciones del jukebox , que enrollarse con aquella camarera era lo peor que podía hacerse, en términos de supervivencia…