
Gotas espesas, calientes, de un rojo vivo y brillante, golpearon en sordo impacto los labios sin color, la piel rugosa y grisácea de las caras momificadas, o se deslizaron hacia el boquete lúgubre de sus cuencas convertidas en nidos de…
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Gotas espesas, calientes, de un rojo vivo y brillante, golpearon en sordo impacto los labios sin color, la piel rugosa y grisácea de las caras momificadas, o se deslizaron hacia el boquete lúgubre de sus cuencas convertidas en nidos de alimañas repugnantes.
Durante unos segundos lentos, largos y tremendos, no hubo otro ruido allí dentro que un jadeo humano que casi rozaba lo puramente animal, y el gotear lento, inexorable, de la sangre humana aún cálida, escapando de las arterias agonizantes, sobre cuerpos que llevaban cien años de descanso…
De repente hubo un destello frío en los dientes de las momias polvorientas. Como si creciesen colmillos ávidos y fulgurantes, al contacto, solo, de la sangre… Y dentro de las cuencas vaciadas por la podredumbre, se formó algo espeso, purulento. Algo que tomó forma insensible.
Como si unos ojos fuesen moldeándose bajo algún satánico influjo, en la cripta sin cruces ni símbolos cristianos.
Cornel Blackman contempló, fascinado, la horrenda metamorfosis. Otra vez, en las velas vetustas, agrietadas, la llama débil de sus mechas osciló, como a impulsos de un gélido soplo llegado de la misma muerte…
Y Lorella, Valentine y Dahlia Todten, mostraron en sus cuencas antes negras y hondas, el centelleo rojo y siniestro de unos ojos nuevos y terribles…