
Con 23 años y recién salido de la escuela de náutica, Pedro A. Munar se embarcó, a principios de 1973, en un carguero que partía de Montreal y recorría toda la costa occidental africana.
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Con 23 años y recién salido de la escuela de náutica, Pedro A. Munar se embarcó, a principios de 1973, en un carguero que partía de Montreal y recorría toda la costa occidental africana. Ésa habría de ser su primera travesía a las órdenes del capitán Tobías, un marino bregado y lunático, que, como descubriría enseguida, parecía traer mal fario y suscitar toda clase de contratiempos: desde épicos altercados con descargadores y agentes de aduanas, hasta maniobras que a punto estaban de llevar a pique el barco. Su capacidad para envenenar los incidentes entre la tripulación, durante las largas semanas de navegación por el Atlántico, era también notable. Y una vez en tierra, irse con él de picos pardos podía acabar costando muy caro. Junto a ese personaje inolvidable, Munar conocería el «mayor lupanar de África», tropezaría con mercenarios congoleños, soportaría tremendos temporales, pasaría cuatro días en un campo de concentración de Sudán y se vería envuelto en las aventuras no siempre recomendables, aunque a menudo hilarantes, reservadas a aquéllos para quienes navegar no sólo es un placer, sino un medio de vida.