Incisiva, cruel, poderosamente imaginativa, Marilú Pando inventa una realidad que se multiplica y parcela en cuentos fieros, desconcertantes, sembrados de un humor negro avasallador y cosechados para bien de quien los lee con una…
Incisiva, cruel, poderosamente imaginativa, Marilú Pando inventa una realidad que se multiplica y parcela en cuentos fieros, desconcertantes, sembrados de un humor negro avasallador y cosechados para bien de quien los lee con una estructura ágil y fresca no exenta de sorprendentes hallazgos lingüísticos. «La yegua de la noche» es un libro pleno y sonriente que le da un nuevo brillo al siempre sugestivo y difícil arte del cuento. AGUSTÍN MONSREAL Marilú Pando, canina caballa, ojos de tigre de Chapultepec, niña miniña, perdida y hallada en el tiempo, hija canija de Freud y de Felisberto es la cronista, la exacta medidora del destiempo en el que pasan —tenebrosa crin— las locas, las tiernas, las sonrientes, las saladas cosas que nunca pasan. Las cosas que nunca han pasado siguen sin pasar. Tranquilidad general; pantuflas aliviadas. No pasan; se quedan —quintaescénica del deseo, inminencia de la letra— pendiente hijo de tinta nacido de la loca higuera del lenguaje. Cosas que no pasan, porque —como Tristram Shandy— nunca nacen. No sea que les pase algo. Son puros cuentos. Puras visiones; auténticas falsedades que, frente al desaire de la vida oponen el donaire de la fábula. Ni se fijen. Pásenle. Son puros cuentos. «La yegua de la noche» no existe. Existe Marilú Pando equina y nocturna repostera de sus buñuelos de viento. Con confianza. Pásele, nomás. No les va a pasar nada. GERMÁN DEHESA