
Abrió los ojos sobresaltados y allí, en el salón, bien iluminada por la luz de la lámpara de pie, que no había apagado al dormirse imprevistamente, estaba la Muerte.
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Abrió los ojos sobresaltados y allí, en el salón, bien iluminada por la luz de la lámpara de pie, que no había apagado al dormirse imprevistamente, estaba la Muerte. Casi sabía lo que iba a suceder y, efectivamente, eso fue lo que sucedió: la Muerte, como lo hiciera la noche anterior, se echó a reír. Y su risa era horrible. Rió y siguió riendo sin avanzar hacia ella, pero sin retroceder. De pronto cesó su risa y volvió a su gesto de invitación. —¿Qué quieres de mí? —se atrevió a decir en voz alta. Y la Muerte respondió acentuando el gesto de invitación y separando sus maxilares en lo que querría ser una sonrisa, pero resultaba una mueca aterradora. Pero esta vez hizo más. Muy lentamente, tan lentamente que en el primer momento Eleanor no pudo advertirlo, comenzó a acercarse hacia ella. No se veía movimiento en sus fémures y tibias, apenas cubiertos por el manto que era negro, aunque el aura que lo envolvía le daba tonalidades doradas; no se veía el movimiento, pero avanzaba. Las manos seguían avanzando. Ya casi tocaban sus hombros… «Va a llevarme con ella». —¡Nooo…! —profirió Eleanor y perdió el conocimiento.