Wes Hardin ajustó el rojo pañuelo que ceñía su musculoso cuello y levantando el ala del «Stetson» de cincuenta dólares con que se tocaba, oteó con aguda mirada el panorama que se extendía ante él.
Wes Hardin ajustó el rojo pañuelo que ceñía su musculoso cuello y levantando el ala del «Stetson» de cincuenta dólares con que se tocaba, oteó con aguda mirada el panorama que se extendía ante él. Satisfecho de su examen acarició los ijares de su cabalgadura, un tordo rodado de magnífica estampa, y, al trote corto, se adentró en la polvorienta calle principal de Tombstone, en el estado de Arizona.