EL vaso se acercaba a sus labios, cuando alguien le atenazó la mano, deteniendo en seco el movimiento. —¡Cherry! ¡Maldita sea! ¿Es que no sabes hacer otra cosa que beber? Cherry Delaney, seis pies de altura, ojos azules, contempló con…
EL vaso se acercaba a sus labios, cuando alguien le atenazó la mano, deteniendo en seco el movimiento. —¡Cherry! ¡Maldita sea! ¿Es que no sabes hacer otra cosa que beber? Cherry Delaney, seis pies de altura, ojos azules, contempló con hastío al hombre que le interpelaba.