
Mary no podía moverse. El miedo la paralizaba por completo. Los rayos parecían retumbar ahora dentro de su propio cráneo. La mujer avanzó poco a poco hacia ella. —Ven aquí, pequeña —dijo, casi con dulzura—. Ven, querida.
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Mary no podía moverse. El miedo la paralizaba por completo. Los rayos parecían retumbar ahora dentro de su propio cráneo. La mujer avanzó poco a poco hacia ella. —Ven aquí, pequeña —dijo, casi con dulzura—. Ven, querida. Pero fue el hombre la que la atacó. La enlazó por la espalda, ansiosamente, mientras buscaba su cuello. Mary perdió la noción de la realidad mientras de sus labios escapaba apenas un gorgoteo de angustia. Las manos del hombre acariciaban ansiosamente sus formas. Pero no era sólo eso. Los dientes se habían hundido en su cuello. Bruscamente, dejó de oír el fragor de la tormenta. Dejó de ver la luz. Los resplandores lívidos de Long Beach, el mundo entero, se convirtieron para ella en una colección de sombras.