La bellísima Sylvia Murphy entornó sus grandes ojos garzos, iluminados por el sol, y pareció encerrar en ellos todos los matices del mar. Apoyó sus brazos desnudos sobre la barandilla y su soberbia escultura, al inclinarse, quedó…
La bellísima Sylvia Murphy entornó sus grandes ojos garzos, iluminados por el sol, y pareció encerrar en ellos todos los matices del mar. Apoyó sus brazos desnudos sobre la barandilla y su soberbia escultura, al inclinarse, quedó perfectamente revelada por el liviano vestido. Parecía no darse cuenta de que, a pesar de lo que ocurría, ella seguía siendo el punto de atracción de cuántos había en cubierta.