Sobre los hombros de aquel hombre, de estatura normal, vestido con pantalón y americana de color gris oscuro, surgía la calavera… Aparecía aterrador y espeluznante el armazón de los huesos de su cabeza, despojados de carne y piel.
Sobre los hombros de aquel hombre, de estatura normal, vestido con pantalón y americana de color gris oscuro, surgía la calavera… Aparecía aterrador y espeluznante el armazón de los huesos de su cabeza, despojados de carne y piel. Era así, desde que regresó de aquel maldito viaje por tierras africanas. Los médicos dijeron que moriría, que de aquel modo no había ser humano que pudiera seguir viviendo. Pero los médicos se habían equivocado. La ciencia no siempre acierta. Pero lo que hacía, quizá, aún más horripilante y demencial el hecho de contemplar aquella calavera viviente, era que en sus cuencas habían quedado los ojos, negros, brillantes como ascuas. Así era Maxim Lloyd, dueño del caserón viejo, oscuro, situado en las afueras de la pequeña localidad de Susseng.