MARTÍN se inclinó sobre la mesa de su despacho en una forma que le era familiar; su mano diestra descansaba sobre el puño de la izquierda como si quisiese disimular este testimonio de concentración espiritual.
MARTÍN se inclinó sobre la mesa de su despacho en una forma que le era familiar; su mano diestra descansaba sobre el puño de la izquierda como si quisiese disimular este testimonio de concentración espiritual. El busto se hundió ligeramente, pero sin que su mirada profunda e insondable dejase de posarse en mí. —No pretendo hacer un curso ni lanzarme a una disertación sobre política, pero siempre pensé que no se puede situar ni dibujar por completo a un individuo sin recordar los acontecimientos en los que se vio mezclado, sin bosquejar con rapidez el cuadro del tiempo en que vivió y actuó. De algún modo el hombre es prisionero de sus medios. Éste se llama Wilhelm von Frankenberg, de excelente familia prusiana. Nació en Koenigsberg en 1903; su padre, coronel de la Guardia, le destinaba a la carrera de las armas, mas, cuando ya estaba en la edad de servicio, la Alemania de entonces, vencida, exangüe, se debatía en las tinieblas.