Norman Vereker dejó de leer el número del Times de un mes atrás, y se aplastó en la frente un mosquito obstinado y zumbante. Hacía calor sofocante en el interior del bungalow de techo de paja, que le había servido de alojamiento en estos…
Norman Vereker dejó de leer el número del Times de un mes atrás, y se aplastó en la frente un mosquito obstinado y zumbante. Hacía calor sofocante en el interior del bungalow de techo de paja, que le había servido de alojamiento en estos dos meses, desde que la expedición al Tanganyka terminó de un modo tan trágico. El bungalow pertenecía a Malatesta, un portugués que comerciaba en todos los productos del país, y a la sazón había ido a la costa a negociar una partida de ginebra, indiferente a la fiebre amarilla que tanto abundaba por estos parajes, dejando a Vereker encargado de la casita rústica.