Mark Jones consultó una vez más la hora en su ordenador electrónico de cuarzo. Las diez. Era extraño que Betty no se presentara todavía. Mark miró una vez más hacia la puerta, pero las campanitas de plata continuaban silenciosas.
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Mark Jones consultó una vez más la hora en su ordenador electrónico de cuarzo. Las diez. Era extraño que Betty no se presentara todavía. Mark miró una vez más hacia la puerta, pero las campanitas de plata continuaban silenciosas.