
Publicada en 1620, Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte constituye una curiosa colección de novelas cortas bajo el marco moralizante de un diálogo con ribetes humanistas.
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Publicada en 1620, Guía y avisos de forasteros que vienen a la Corte constituye una curiosa colección de novelas cortas bajo el marco moralizante de un diálogo con ribetes humanistas. Este libro se ubica dentro de la narrativa postcervantina, con la lección de las Novelas Ejemplares bien aprendida, al tiempo que ofrece la asimilación de la temática picaresca que vuelve a ponerse de moda por los años en que ve la luz. En 1618 había aparecido la Vida del escudero Marcos de Obregón de Vicente Espinel; en 1619 se publica La desordenada codicia de los bienes ajenos; el mismo año de la Guía y avisos… aparecen el Lazarillo de Manzanares y cinco novelas de Juan Cortés de Tolosa y la Segunda parte de Lazarillo de Tormes de Juan de Luna; entre 1625 y 1626 aparecen las dos partes de El donado hablador de Jerónimo Alcalá Yáñez. En 1626 sale la versión impresa del Buscón de Quevedo en Zaragoza. Conviene entonces circunscribir la Guía y avisos a este renovado ciclo de manifestaciones picarescas de la década de 1620. La Guía y avisos se presenta como un libro práctico, un manual de consejos que se hace entretenido a través de relatos que narran estafas tan sorprendentes como terribles para sus víctimas. De su autor, Antonio Liñán y Verdugo, sabemos muy poco. En el siglo XX se hizo popular la identificación, sin mayor fundamento, de Liñán y Verdugo con Fray Alonso Remón, religioso Mercedario contemporáneo de Tirso de Molina. Al margen de su identidad, que no suma ni resta en absoluto a este producto literario, el narrador de la Guía y avisos muestra un buen dominio de la narrativa, con un prosa correcta que no abusa del conceptismo y elabora una serie de tramas que, sin ser del todo originales, tampoco abusan de lo trillado. La obra se muestra prolija, aunque carezca de mayores pretensiones: el trío de personajes configura en realidad un coro que suena muy bien en conjunto. El maestro, venerable, culto y sabio; el cortesano viejo, ducho en saberes prácticos; y don Diego, el neófito o recién llegado a la Corte, cuyos embelecos deberá aprender a desentrañar bajo la guía de estos dos preceptores que lo adoptan como hijo. Estos personajes del marco narrativo van hilvanando relatos, las catorce novelas que componen el volumen, por los que desfila una serie de sujetos de mal vivir. De la galería de pícaros y farsantes, ladrones de poca monta y hermanitas del pecar, destaca el Mequetrefe, mezcla de Monipodio con aquel rabí de los rufianes en que dice convertirse Pablos a su paso por Sevilla o aquella Bolandera, sutil de ingenio y pícara digna colega de Teresa de Manzanares. En esencia, se trata de una obra de estilo costumbrista, escrita con un estilo ágil con la técnica del diálogo tipo Boccaccio, en la que se van mezclando anotaciones tomadas de la realidad cercana con observaciones muy jugosas sobre el ambiente y las costumbres de la corte, con la advertencia por parte del autor que pretende ayudar a sus lectores, sobre todo sin son visitantes procedente de provincias, «a huir de los peligros que hay en la vida de la Corte, y debajo de novelas morales y ejemplares escarmientos se les avisa y advierte de cómo acudirán a sus negocios cuerdamente». De esa manera, Liñán traza una panorámica de extraordinario valor sobre el Madrid de los Austria en pleno Siglo de Oro, una ciudad inquieta por la que pululan los carteristas, las casas de prostitución y las prostitutas en las calles, las viudas fingidas, los fulleros, los corrales de comedias y sus autores, sin olvidarse de citar a los presuntos guardadores del orden, alguaciles, corchetes, escribanos y procuradores, que tiene como objetivo fundamental exprimir a los incautos que necesiten sus servicios. Una obra ciertamente extraordinaria y muy actual, que se encuentra a falta de poder establecer quien fue realmente su autor verdadero.