
Intrigada, encendió la luz. El hombre y la mujer se levantaron despacio de las sillas que habían ocupado, junto a la mesa. Los dos estaban desnudos, indecentemente desnudos, y Leda desorbitó la mirada y emitió un ahogado grito de espanto.
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Intrigada, encendió la luz. El hombre y la mujer se levantaron despacio de las sillas que habían ocupado, junto a la mesa. Los dos estaban desnudos, indecentemente desnudos, y Leda desorbitó la mirada y emitió un ahogado grito de espanto. El hombre y la mujer se movieron pausadamente hacia ella. Tenían una mirada vidriosa y fija, muerta. Algo les había sucedido en la cabeza, porque tenían en ella unas horrendas cicatrices rojizas, mal cosidas con unos burdos puntos de sutura. Al fin la voz acudió a sus desesperadas llamadas. Pero fue una voz agónica, apenas un quejido. —¿Qué… qué…? Eran tan blancos que daban náuseas. Y desnudos… nunca antes había visto a un hombre en aquel estado… Las manos se tendieron hacia ella. Y entonces, por fin, un largo alarido brotó de su garganta. Tras el alarido, ya sólo brotó sangre.
