Quienes la vivieron consideran que la ciudad de México en los años cuarenta era «más ciudad» que la actual: su corte era europeo, los capitalinos usaban saco y corbata y seguían pautas de vida hoy en abandono.
Quienes la vivieron consideran que la ciudad de México en los años cuarenta era «más ciudad» que la actual: su corte era europeo, los capitalinos usaban saco y corbata y seguían pautas de vida hoy en abandono. Tal urbe cosmopolita necesitaba para completarse albergar una mente criminal que le prestara dimensión extra. Un asesinato célebre ocurrido en la entonces lejana y bella Colonia Roma dio a Rodolfo Usigli (1905-1979) la idea de crear un personaje criminal —Roberto de la Cruz— que, a la manera de Thomas de Quincey, considerara el asesinato como una de las bellas artes y que, en consecuencia, lo ejerciera con gratitud, esto es, sin motivo: «ars gratia artis». El resultado fue «Ensayo de un crimen» (1944), una obra curiosa y seductora, elaborada con la precisión que demandan las novelas policiacas y en cuyo desarrollo van apareciendo las claves de la solución. El final, sorpresivo como debe ser el de una obra del género, está particularmente bien resuelto, y las sorpresas que la trama revela están bien esparcidas y funcionan de manera que el asunto nunca decae. Cabe añadir que la novela no incide en el psicologismo fácil que le imprimió Luis Buñuel al llevarla al cine: el trabajo de Usigli es más completo y elaborado. Rafael Solana afirma que en esta obra Usigli retrata en forma no exenta de sarcasmo a todos sus amigos y conocidos, y añade que la reconstrucción de la vida diaria de México está lograda con trazos tan fuertes y con tal acopio de detalles que en el siglo próximo será «consultada como lo son hoy las «Memorias» de Guillermo Prieto». Nostalgia aparte, se trata de un trabajo notable, muestrario de habilidad, rigor y profundidad.