—¡Pará que te ahorquen, Bill! —exclamó el viejo Brando, dándole una palmada en la espalda—. ¡Nosotros aguardándote en el soportal del notario, y tú aquí de parranda!...
—¡Pará que te ahorquen, Bill! —exclamó el viejo Brando, dándole una palmada en la espalda—. ¡Nosotros aguardándote en el soportal del notario, y tú aquí de parranda!... Bill Cohn acomodó mejor sus codos sobre el mostrador, y apenas movió la cabeza para mirar a los dos viejos que acababan de colocársele a cada lado. Los tres formaban un extraño grupo. No sólo por la diferencia de edad entre Bill y los dos recién llegados, sino por el atuendo y su traza física.