
Y aquellas manos en que se culminaban los brazos que en la oscuridad, en la dimensión espectral que rodeaba aquel macabro escenario de ficciones, se le antojaran al desgraciado Forrester como tentáculos huesudos, se extendieron otra vez…
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Y aquellas manos en que se culminaban los brazos que en la oscuridad, en la dimensión espectral que rodeaba aquel macabro escenario de ficciones, se le antojaran al desgraciado Forrester como tentáculos huesudos, se extendieron otra vez para tirar, hacia afuera ahora, de la tapa erizante del sarcófago. Afuera… La sangre ya corría en forma de reguero rojo, con brillante tono carmesí, al pie del horrible artilugio. Sangre que procedía de las múltiples heridas, de la criba macabra que en el cuerpo de Curtis Forrester habían producido la infinidad de punzantes conos metálicos… No era ficción esta vez, no. Se había rodado un morboso asesinato, una tétrica realidad de horror, en los estudios de la Worldfilms TV Productions. Las púas chorreaban sangre. Sangre… El director realizador estaba prácticamente irreconocible. Con sus globos oculares prendidos en las dos púas más sobresalientes, más largas, más afiladas… Y las cuencas, claro… estaban vacías.