A pesar de las persianas completamente echadas y de que todos estaban en mangas de camisa, el calor pesaba como una losa en el aire, seco y cortante como un cuchillo, hacía que las respiraciones fuesen silbantes, dificultosas.
A pesar de las persianas completamente echadas y de que todos estaban en mangas de camisa, el calor pesaba como una losa en el aire, seco y cortante como un cuchillo, hacía que las respiraciones fuesen silbantes, dificultosas. Una semioscuridad casi absoluta reinaba en el “saloon” de Yuma y los cuatro hombres, recostados en sus sillas, permanecían inmóviles, como si temiesen que el menor gesto agotase las pocas energías que el calor había dejado en sus cuerpos.