Terry Duff tenía razón para quejarse de su mala suerte. Y es que, realmente, resultaba una jugarreta imperdonable lo que el Destino le había deparado aquella mañana.
Terry Duff tenía razón para quejarse de su mala suerte. Y es que, realmente, resultaba una jugarreta imperdonable lo que el Destino le había deparado aquella mañana. Si él había aparecido en el despacho de su jefe, en la comisaría central de Tucson, no fue pensando precisamente en pedirle trabajo, sino todo lo contrario. Terry Duff iba con idea de solicitar permiso para casarse con Mónica, y cambiar por unos días su placa policial por otra en la que rezase: «No molestar. Recién casados».