
Fue entonces cuando vi el pequeño carruaje. Era negro, en efecto. Tenía dos altas ruedas y el toldo estaba echado. De sus dos plazas sólo una estaba ocupada.
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Fue entonces cuando vi el pequeño carruaje. Era negro, en efecto. Tenía dos altas ruedas y el toldo estaba echado. De sus dos plazas sólo una estaba ocupada. Pero mi sorpresa no terminó aquí, porque no se trataba de Spectro, sino de una mujer. Reconozco que eso, al menos, me alivió. Spectro me hubiera dado más miedo. Aunque al acercarme más al carruaje estuve a punto de lanzar un grito. La mujer tenía aquellos mismos ojos. Profundos, abismales, quietos… Iba vestida como una dama de últimos del siglo XIX. Sus ropas eran negras. Eso hacía destacar aún más su rostro espectral, que era del color de la niebla. Tendió la mano hacia mí. Como si me llamase… Como si quisiera atraerme… Era la mujer de Spectro.