Se daba aquella noche un gran baile en el Elíseo y rara vez, desde que terminó la guerra, el palacio del arrabal Saint-Honoré, vio una fiesta tan brillante, animada y suntuosa.
Se daba aquella noche un gran baile en el Elíseo y rara vez, desde que terminó la guerra, el palacio del arrabal Saint-Honoré, vio una fiesta tan brillante, animada y suntuosa. ¿De qué provenía la atmósfera especial que animaba a los concurrentes? ¿Por qué los diplomáticos de dorados uniformes parecían menos impasiblemente correctos que de costumbre? ¿Por qué brillaba una llama febril en las pupilas de los invitados por la Presidencia de la República? Era que la multitud que llenaba los amplios salones se sentía galvanizada por la curiosidad. Dos nombres corrían de boca en boca. En todos los grupos, ya estuviesen formados por académicos o parlamentarios, por viejas o doncellas, por militares o extranjeros, al cabo de un instante se oía hablar de D. Alejandro Breautier y de la condesa Goldí.