
Las fogatas habían sido encendidas en un desvío donde el camino se bifurcaba. De ellas quedaban sólo las brasas rojas y brillantes. Pero quedaba algo más.
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Las fogatas habían sido encendidas en un desvío donde el camino se bifurcaba. De ellas quedaban sólo las brasas rojas y brillantes. Pero quedaba algo más. En el centro de las fogatas yacía el pequeño cuerpo de un niño negro que apenas si llegó a contar dos años. El desnudo cuerpecillo reflejaba el rojo resplandor de las brasas, y esa luz demencial era suficiente para mostrar la multitud de laceraciones que lo desfiguraban. Parecía como si una bestia salvaje le hubiera destrozado con sus agudos colmillos. —¿El tesoro del pirata? ¡Condenación! ¿Y para eso necesitan matar a un niño? —Y no será el último… Él se volvió en redondo. —¿Qué mil diablos quieres decir? —Es otra de las supersticiones del vudú…, otra creencia de los seguidores de los brujos, Matt. —Maldito si entiendo nada. —Dicen los brujos que si se sacrifica un niño como ése, y se deja su cuerpo lacerado en la bifurcación de caminos, Satán lo llevará con él y, a cambio, revelará al brujo cualquier cosa que éste quiera saber. Se alejaron del horrendo despojo que en mitad de los caminos quedaba como el mudo testigo de un horror sin nombre. Testigo del embrujo de Satán quizá.
