A pesar del humo denso que llenaba la cantina Chuc O’Hara veía perfectamente la cara de su antagonista. Una mueca de odio desfiguraba al capataz de la maderera, Burns, mientras se arremangaba los fornidos brazos semejantes a martillos…
A pesar del humo denso que llenaba la cantina Chuc O’Hara veía perfectamente la cara de su antagonista. Una mueca de odio desfiguraba al capataz de la maderera, Burns, mientras se arremangaba los fornidos brazos semejantes a martillos pilones. —Todavía no nació el hombre que me llame tramposo impunemente —bramó Burns yendo, amenazador, al encuentro de O’Hara—. Esa cara de niño bonito te la voy a dejar tan machacada que parecerá pulpa de tomate.